Hablar de terrorismo es difícil pero también necesario, no solo para Perú, sino para cada nación del mundo que haya sufrido sus embates.
Quisiéramos olvidar, pero no podemos, ni debemos. Es como cuando vamos al doctor y este pide ver nuestra historia clínica, la que dice de donde venimos y de alguna manera a donde vamos, o podríamos ir.
Es una cicatriz grande, pero no la de un raspón en la rodilla, sino la de un corte profundo, duele mucho aún y va a doler siempre.
 
Mientras escribo esto, contemplo la foto de Mamá Angélica, que aparece en el libro «Chinkaqkuna», que quiere decir: Los que se perdieron.
Trato de sumergirme en su mirada, profunda, triste. El 2 de Julio de 1983, efectivos del cuartel Los Cabitos entraron a su casa y se llevaron a su hijo Arquímedes, nunca más lo volvió a ver.
Ha pasado 33 años buscando al hijo de sus entrañas y en el camino se ha enfrentado a todo lo que se le ha puesto en frente, incluso fue acusada por el gobierno de Fujimori de ser «embajadora del terrorismo».
 
Esa es solo una de las muchas historias de dolor, injusticias, abusos y mucho coraje de por medio que existen en nuestro país.
La historia del terrorismo en Perú tiene mas de una cara. Tenemos el lado de los terroristas en sí y tenemos el lado de las victimas.
Es cierto que victima es victima y dolor es dolor, pero creo que no es lo mismo, enfrentarse a la muerte o desaparición de un ser querido, cuando vives en la capital y tienes la mayor parte de tus necesidades cubiertas, cuando tus derechos son reconocidos, que si eres un humilde campesino, ignorado, menospreciado por ser quien eres.
Esa es la verdad.
 
Mamá Angélica sufrió un pre infarto hace poco y por increíble que les parezca, a pesar de ser la fundadora de Anfasep, la Asociación Nacional de familiares secuestrados, detenidos y desaparecidos de Perú, no cuenta aún con atención de Essalud.¿En qué país vivimos?
 
Para referirnos al terrorismo, hace falta tener mucho tacto, porque no estamos hablando solo de Abimael Guzmán o personajes de los periódicos, sino más importante aún, estamos refiriéndonos al dolor de muchos, en las grandes ciudades y sobre todo en los andes.
Pensar que la gente del ande se enfrentó sola a tremenda cosa, me estremece.
¡Deténganse a pensarlo!
¿Quién era esta gente? ¿Cómo era su vida?
 
Hace muchos años, iba de viaje a Huaraz, cuando una huelga bloqueó la carretera y nos quedamos varados en un pequeño pueblo del camino.
La gente del lugar acudió a recibirnos contenta, todos con sus hermosos trajes y sombreros bordados increíblemente, sonrisas amplias, dientes como granos de choclo, sinceros, generosos, nos ofrecieron chicha primero, después comida.
Recuerdo que les regalé revistas y periódicos y fue como si hubieran recibido el premio mayor.
Esa gente vive desconectada, entregada a sus labores del campo, cuidando a sus animales, cultivando sus tierras, tejiendo sus ponchos, festejando de cuando en cuando.
Sus quenas, sus charangos, su Pachamama que les da las papas con que se alimentan, el carnero, las llamas, las alpacas, el sol, las flores, el campo, la Virgen, eso es la vida para ellos y es esa la gente que fue brutalmente abusada y humillada por el terrorismo, y la mayor parte del país hasta ahora no ha hecho nada por ellos.
 
¿Qué hemos hecho por nuestros hermanos?
 
¿Qué les enseñan en los colegios ahora? Pongámonos una mano en el pecho.
 
¿Qué sentirían si la persona que más aman desapareciera para siempre?
 
Rosa María Palacios escribió al respecto:
Los familiares de los desaparecidos, necesitan cerrar su duelo. Y para ello requieren saber la verdad. ¿Que pasó? ¿Cómo murió? ¿Por qué lo mataron? ¿Quiénes lo mataron? ¿Habrá sufrido? ¿Nos habrá recordado? ¿Como fueron sus últimos días, horas, minutos? ¿Dónde lo dejaron? Preguntas que se repiten en memoria del ser amado como una tortura psicológica que no da descanso…
 
Cuando hace unos días estalló el escándalo en relación a la polémica sesión de fotos de moda de Rodrigo Díaz, la que supuestamente estaba «Inspirada en el el terrorismo», quedé perplejo al verla:
 
 
 
Leí con atención la cobertura que le dieron los medios y los comentarios de la turba enardecida, que casi estaba dispuesta a decapitar al fotógrafo en la plaza de armas.
Cientos de insultos, comentarios de alto calibre, en fin.
 
Finalmente, pude conversar con Rodrigo Diaz, vía telefónica, el chico estaba realmente afectado.
Casi en medio de sollozos me dijo que jamás se imaginó que pudiera ofender a alguien con su trabajo y que su intención siempre fue la mejor.
 
Yo le creo.
 
Un día después me reuní a conversar al respecto con Ike Ishikawa, fotógrafo y docente del Centro de la Imagen.
Al finalizar la charla ambos llegamos a ciertas conclusiones:
 
El trabajo del fotógrafo es bueno, es evidente que domina las técnicas, escogió muy bien a la modelo, la locación y el vestuario, pero le faltó lo que a muchos les falta: Investigación.
Añadiré algo más, le faltó ser consciente de lo que realmente la palabra terrorismo significa.
 
¿Qué es lo que marca la diferencia entre un fotógrafo cualquiera y una estrella de la fotografía?
Creo que no existe una formula mágica, tal vez la respuesta se encuentre escondida en el genio que viene con algunos y con otros no, pero de todas formas, el peso que tiene la investigación, al momento de armar un concepto, es trascendental.
 
El concepto de dicha sesión es erróneo, desde cualquier punto de vista y no lo digo con el objetivo de destruir la carrera del fotógrafo, el cual a mi parecer tiene bastante potencial, sino que me parece equivocada, debido a la evidente falta de tacto y sensibilidad que se percibe en la misma, respecto del dolor que aún sienten muchos de nuestros hermanos y que deberíamos sentir todos.
Respecto del dolor de Mamá Angélica y el de muchas otras madres, padres, hermanas, hermanos, esposas, esposos, etc.
 
Le faltó investigar, es verdad, pero aquí viene otra pregunta ¿necesitamos los peruanos recurrir a profundas investigaciones para ser conscientes de lo que significa el terrorismo?
Dicha sesión de fotos es sólo un termómetro.
El asunto aquí, no es si el señor hizo apologías al terrorismo con su sesión de moda, lo cual me parece en extremo descabellado, tampoco se trata de determinar si el fotógrafo es bueno o malo, a pesar de que ya he dicho que me parece un profesional con mucho potencial.
 
El verdadero problema, radica en que el joven fotógrafo es uno más de los muchos jóvenes en nuestro país que no tienen real conciencia de lo que fue y es el terrorismo, de los alcances que tuvo y los que puede llegar a tener.
 
Por un lado tenemos la sesión de fotos que muestra de una manera muy «fashionista» lo que son las cicatrices que dejó el terrorismo, cuando dichas cicatrices no tienen nada de glamorosas, si no mas bien, todo de dolor, desgarro, gritos de angustia, pesadillas y lagrimas interminables, pero por otro lado tenemos también a jóvenes que opinan por ejemplo que Guzmán y compañía son presos políticos.
 
Eso no es insolencia, tampoco falta de respeto, sino falta de información: Un pueblo que olvida su historia es un pueblo sin futuro, ya que está condenado sin remisión a repetirla.
 
Todos estos hechos muestran claramente, que hay percepciones que se están distorsionando y, si no hacemos nada para remediarlo, vamos a sufrir tarde o temprano las consecuencias de nuestra desidia, indiferencia y apatía.
 
Para terminar debo decir, que si la sesión de fotos les pareció un horror, la peor manera de combatirla era con terror, porque haciendo las cosas así, ¿que diferencia entonces a un ciudadano decente, sentado frente a su teclado, de un terrorista? Vamos a predicar con el ejemplo y si amamos a nuestro país, pongámonos a trabajar todos, porque el terrorismo no puede triunfar de nuevo.

Post Author: Alexander Congonha

6 Replies to “¿Puede el terrorismo ser fuente de inspiración?”

  1. No solo en los jovenes se nota el desconocimiento y apatía por lo sucedido en los 80's y 90's, la generación que vivió la tragedia se hizo de espaldas en su momento y hoy tampoco quiere saber nada mas que repetir una frase de condena.

  2. Esta es la consecuencia de vivir en una sociedad demasiado egocéntrica en donde no se cultiva la empatia, el acoger y respetar el dolor del otro. Tuve que llevar un diplomado para encontrarme con esos temas. Nunca me los había cuestionado… Sin ese ejercicio de identificación con el dolor del otro nunca llegaremos a esa necesaria reconciliación.

  3. Me encanta cuando buscas todas, todas las fuentes. Yo entiendo perfectamente al fotógrafo, no lo apruebo pero lo comprendo. En un país como el nuestro donde cualquier manifestación creativa es casi siempre copy-paste de Europa o de USA, el deseo de buscar una identidad real (y relacionada con nuestra idiosincracia peruana) valió la pena.

  4. Comentario de precisión quirúrgica. No debemos olvidar, es una cicatriz que nos recuerda que no debemos permitir suceda de nuevo. Ver esas fotos a alguien que recuerda esas épocas duele, pero soy consciente que no es su culpa, sino de los que nos dormimos en nuestra nube, distante, pensando que todo acabo.

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